martes, 6 de marzo de 2012

20 formas de reconocer y evitar a las personas tóxicas

Información para compartir cortesía de mi amiga Maritza Carrión @budamaritza







 El que destila un odio visceral y se regodea con la humillación del otro, el que avasalla al semejante, el que busca manipular con mentiras, el que agrede innecesariamente y desvaloriza al otro para sentirse bien él, el que daña con intención sin jamás proponer una reparación, el que incomoda con sus imposturas, el envidioso de todo lo ajeno y el que urde los problemas para acercar luego sus soluciones. 
 La nómina de personas dañinas la completan el autodestructivo, el narcisista patológico, el perverso, el violento impenitente y el estafador. Se sabe que de seres nocivos está lleno el mundo, ya lo poetizó Antonio Machado con su “mala gente que camina y va apestando la tierra”, pero ¿existe realmente la gente “tóxica”? ¿O el término, por descalificador y estigmatizante, se lo reserva sólo a Adolph Hitler o a Ben Laden?  Las neurociencias dicen que sí, que la gente “tóxica” -encarnada por aquellos seres rapaces que inexorablemente perturban el bienestar ajeno y

vampirizan al semejante- existe. Y endilgan a fallas químicas la irrigación de esa toxicidad. Sus conductas se traducen en patologías, y la coexistencia con ellos resulta imposible.  En el psicoanálisis y la psicología, la literatura está dividida. No obstante, ambas se inclinan por los vínculos y comportamientos “tóxicos” más que por las personas, ya que lo que es “tóxico” para unos puede ser perfectamente aceptado por otros. En todo caso, se trata de una percepción subjetiva, dicen.

 Si bien no existe una cofradía donde se imponga la toxicidad, al hurgar en  los perfiles nocivos, sin duda que algunos políticos -aquellos que sólo  buscan ser escuchados y prometen lo que saben que jamás van a cumplir-
 podrían encajar en ese estereotipo. Y, dentro de las relaciones de poder,  tampoco los jefes desconcertantes, impredecibles o arbitrarios -los  seudoemperadores de la verdad, incapaces de encomiar méritos o esfuerzos-
 se escapan indemnes a la toxicidad.
 Tipos de “encuentro”  “Quien mejor se ha dedicado a este tema en la historia de la filosofía es  Baruch Spinoza”, apunta el filósofo Tomás Abraham. “El habla de encuentros  que potencian nuestras energías y nos dan alegría y los que las disminuyen  y producen tristeza. Cuando dos cuerpos se convienen entre sí, multiplican  su potencia. Y cuando no lo hacen se produce un mal encuentro, semejante a  una especie de envenenamiento”, explica.
 Pero Abraham pone un freno, al aclarar que “pensar las relaciones humanas  en términos de toxicidad deriva de las teorías degenerativas de la  psiquiatría racista del siglo XIX”.
 Investigadora de la vida cotidiana a través de la enjundia filosófica,  Roxana Kreimer es asertiva respecto de esa categoría, popularizada por la  norteamericana Lilian Glass, en su best seller Toxic people (Gente tóxica).
Allí advierte que nadie es “ciento por ciento sano, ni física ni  psicológicamente; por eso, es importante atender los patrones  caracterológicos y sus efectos”, observa Glass. Su libro cuenta hace meses  con una versión local, escrita por Bernardo Stamateas.



 “Los comportamientos destructivos son tolerados si aparecen de manera esporádica. Pero cuando se repiten con frecuencia contaminan las relaciones  interpersonales”, completa Kreimer.

 “Confucio decía que si uno se topa con gente buena, debe tratar de  imitarla, y si uno se topa con gente mala, debe examinarse a sí mismo“, añade. Y caracteriza a la gente “tóxica” “por su falta absoluta de empatía con el otro”. En ese grupo, incluye a los manipuladores, que se valen de la asimetría de la información para torcer destinos, y a líderes como George Bush, que buscan la adhesión a sus “decisiones impopulares presentándolas  como necesarias”.



¿Qué sucede con los pesimistas consuetudinarios? Según Abraham, pueden ser  “más lúcidos, inteligentes y valientes que toda esa pavada de la buena  onda”. Para Kreimer, la negatividad en demasía termina siendo contagiosa.  Diana Cohen Agrest habla de “los vínculos destructivos de los que hay que  huir”. Pero advierte sobre la estigmatización y la capacidad de cambio de  las personas. “Los seres humanos -dice- no somos de una vez y para siempre.  Estamos en constante proceso de construcción. El nombre definitivo es el  del epitafio, pues sólo allí adquirimos una identidad definitiva. Mientras  vivimos, se puede dejar de ser ‘tóxico’, como también se pueden adquirir  otras características. Sólo una visión demasiado pesimista del ser humano  lo condena a ser de una vez y para siempre.” 

 El filósofo Santiago Kovadloff confiesa cruzarse a menudo con este tipo de  personas y rogar que en ese instante alguien en el teléfono lo libere de la  situación. “Pongo el acento en los vínculos más que en las personas, porque
 el significado de alguien depende primordialmente de quien entable una  relación con él”, ejemplifica. Y se pregunta si la gente realmente se  cuestiona qué es lo que uno produce en el otro. “Yo también puedo irritar y
 ser muy aburrido en mi vida pública”, confiesa.
 Sin embargo, ubica como rasgo dominante de la toxicidad “a las personas  monologadoras y autorreferenciales y a aquellos que nos aplastan”. El  corolario es el tedio, el desinterés y la urgencia de alejamiento, dice. Y  arremete contra los simuladores y contra aquellos vínculos cimentados a  partir de una necesidad tramposa: “La de no relacionarse realmente”.
 Claves para evitarlos
 - Las personas “tóxicas” influyen en la salud tanto física como psíquica  del otro. Por eso es clave identificar los síntomas que una compañía nociva  produce.
 - A esas personas se las controla quitándoles su poder, escapando de ellas  o no permitiéndoles acceso a nuestra intimidad.
 - Si se debe convivir con ellas, en la familia o en el trabajo, hay que  abstraerse mentalmente de su presencia y acciones.
 - Cuando surge un comentario o comportamiento “tóxico”, simular que uno le  presta atención cuando, en realidad, se esfuerza por desoírlo.
 - Al “tóxico” se lo neutraliza con amabilidad. Su afán por lastimar con  comentarios o actos desagradables resulta estéril si él percibe que carece  de efecto.
 - Focalizarse en las cosas positivas que uno tiene en la vida cuando se  está cerca de una persona “tóxica”. Es un ardid efectivo para superar los  malos momentos.
 - Si no es posible evitarlos, adquiera un identificador de llamadas y  reduzca al mínimo el contacto personal con ellos.
 - La actitud positiva es siempre una elección. Prepárese mentalmente para  estar bien y contrarrestar así las actitudes “tóxicas”.
 - Si una persona “tóxica” forma parte de su equipo de trabajo, establezca  de antemano y claramente las reglas de convivencia. Si se trata de su jefe,  hágale saber que usted y su equipo pierden eficiencia frente a  comportamientos negativos. Y póngale ejemplos.
 - Si el “tóxico” no es alertado sobre su toxicidad, la extenderá en el  ambiente. No deje pasar por alto esas actitudes y convérselo inmediatamente  con él.



 - Ejercite su propia autocrítica y revise con asiduidad qué tipo de  actitudes y comportamientos tiene usted para con los demás. Usted también  puede ser “tóxico” para otros. La regla es a: no les haga a los demás lo  que no desea que le hagan a usted.

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