martes, 20 de junio de 2017

Nivel de Competencias: Reto de Gerenciar en la Administración Pública


Cuando una persona es considerada para llevar las riendas de una Empresa Pública, e inclusive de un proceso o subproceso conexo a esta, debe tener claros algunos preceptos que lo llevarán al éxito o al fracaso de su gestión. El primer aspecto a considerar es la temporalidad de los cargos, los cuales por temas políticos son circunstanciales y van íntimamente ligados al nombramiento de una autoridad de mayor jerarquía dentro del ámbito de la función pública, ya que en el caso de la Empresa privada el proceso de selección y promoción a un cargo superior se constituye en un análisis riguroso del perfil del candidato, lo cual lamentablemente no sucede en la Administración pública, al menos no para los cargos de primera y segunda línea que no se rigen por Ley Orgánica del Estatuto de la Función Pública en el caso de Venezuela.

Entonces, al entender con claridad desde el principio que estos cargos de función pública son temporales y que algunos pueden llegar a ser muy breves, el nuevo servidor debe centrarse en llegar, conocer y orientar sus energías hacia RESOLVER; dado que es previsible que las instituciones públicas tengan situaciones complejas que solventar, las cuales sumadas al déficit presupuestario, a problemas de flujo de caja y a la ausencia de planes y proyectos coherentes, dificulta aún más la capacidad de gestión de este Gerente; sin embargo, ante este escenario se debe diseñar una estrategia que permita conocer con que personas y con que recursos cuenta, y con esta información estructurar un plan de acciones inmediatas; una vez realizado esto, es momento de ponerse a trabajar; teniendo claro que resulta contraproducente que inicie su gestión restando posibilidades de expansión de conocimientos y de éxito aislándose por falta de confianza en el equipo; por el contrario, actuar con responsabilidad, sabiduría y coherencia es vital, y la única manera de conocer el proceso sobre la marcha es trabajar con las herramientas que se tengan a la mano, sin excluir, inclusive sumando a aquellas personas en las que no confía porque no conoce.

Hasta aquí ya está claro que Gerenciar en una institución pública se traduce en una alta responsabilidad y un gran reto, no solo porque las situaciones por resolver complejas y estructurales, como consecuencia de que el Estado exige el máximo cumplimiento de las tareas sin ofrecer todas las garantías, sino también porque se requiere contar con habilidades especiales para lidiar con vicios enquistados históricamente como la falta de probidad, el desorden administrativo, la desidia, entre otros, por lo que, para salir airoso necesariamente debe contar con una fuerte estructura moral y con un nivel de competencias acorde a la responsabilidad asumida, entendiendo como competencias al grado de preparación académica que combinado con habilidades propias de la persona y la experiencia determinan la aptitud para asumir cargos de responsabilidad, siendo determinante la claridad mental para que las decisiones que tome le permitan hacer una gestión efectiva sin generar más caos del existente, teniendo presente que en medio del desorden el proceso sigue su curso, independientemente de que las cosas estén bien o mal hechas, el ciclo administrativo se cumple, aunque al final se deba volver a empezar porque no se hicieron los correctivos a tiempo.

Lo anterior, ocurre porque dentro de la administración Pública no se ha dado el salto cuántico del funcionario al servidor, no se ha logrado formar profesionales con alto nivel de preparación y conciencia, agentes de cambio capaces de transformar los procesos, la visión y la forma de hacer las cosas con eficiencia, eficacia, efectividad, gallardía y seguridad, trascendiendo así al funcionalismo del siglo XX.

 Para lograr esa anhelada transformación es necesario comprender que un servidor público que asume una responsabilidad gerencial no puede ni debe pretender paralizar los procesos para luego detenerse a pensar como hacer las cosas, lo primero que debe analizar es si tiene tiempo para eso, de lo contrario pasará a la historia como uno más de esa triste célebre lista de los que no pudieron “resolver nada o fueron arrastrados por la corriente”, de allí que lo más importante es hacerse consciente de las limitaciones reales, ya que de esos puntos críticos se desprenderán las oportunidades generadoras de cambio, por lo tanto, lo apremiante es enfocarse en los procesos que deben mejorar y no en desmantelar lo que funciona bien o de manera aceptable, comprendiendo que la visión de un Gerente necesariamente debe ser integral, por lo que lo deseable es que logre un balance armónico entre el carácter estratégico, operativo y táctico de su nueva responsabilidad.

Lo anterior, es fundamental tenerlo claro, ya que al jugar las piezas con un tiempo breve e impreciso no se puede dar el lujo de vivir en un continuo volver a empezar, desechando los escasos recursos que tiene a disposición; quien elige este camino definitivamente no está seguro de sus capacidades, ni de sus potencialidades; este tipo de actitud está ligada al ego, ya que es común pensar que darle continuidad a lo que el Gerente anterior hizo resta protagonismo, evidentemente, esto es un error, en virtud de que en una empresa del Estado lo realmente importante es pasearse por los procesos y centrarse en resolver lo que no funciona de manera eficiente, y en el caso de que nada funciona sería necesario profundizar en un proceso de reingeniería, pero en un cargo público esto podría ser una utopía; dado que el tiempo es corto y lo que se requiere ejecutar acciones inmediatas.

Lo recomendable es aplicar planes estratégicos que arrojen resultados en el corto y mediano plazo, revisar los procedimientos, el porcentaje de cumplimiento de las tareas, fijando los objetivos en función de la realidad circunstancial, con el único fin de “mejorar” y “poder hacer”, siendo consciente que desburocratizar un proceso no es sinónimo de anarquizarlo y/o desestructurarlo; esto a propósito de los que asumen responsabilidades restándole importancia al alto grado de compromiso, nivel de preparación académica y experiencia que debe tener para garantizarse el éxito, y se enfilan en aventuras que solo contribuyen con la desinstitucionalización de las instituciones producto de las prácticas improvisadas.

Finalmente es vital el respeto a la institucionalidad, a las normas, a los procedimientos, para poder ejecutar acciones eficientes y efectivas, pero por sobre todas las cosas es imprescindible, saber y aceptar cuando se está preparado para asumir un reto, y cuando debemos esperar para prepararnos mejor, en un proceso de gestión pública en el que se le da preeminencia a las simpatías, y estas privan sobre el nivel de competencias que todo buen gerente debe tener.


Naiby Johana
Junio 2017

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